martes, 31 de marzo de 2015

El loco de la torre


En noviembre de 1827 desembarcó en el puerto de Buenos Aires el físico italiano Octavio Fabricio Mossotti. Se hizo cargo de la cátedra de Física de la Universidad de Buenos Aires y tambiénconsiguió que le permitieran trabajar en la única torre que tenía entonces el convento de Santo Domingo, en Belgrano y Defensa. Porque Mossotti tenía un interés especial: el cielo. Por ese motivo, reunió instrumentos de meteorología dispersos, los acondicionó y se instaló allá en las alturas para estudiar el firmamento porteño. Incluso entusiasmó a Vicente López y Planes, quien aprendió muchos secretos del espacio gracias al profesor italiano.
A Mossotti le debemos los muy buenos aportes a la meteorología local. Por ejemplo, fue el primero en medir con un pluviómetro la cantidad de lluvia caída en la ciudad. Estudió el día solar con el fin de calibrar mejor los relojes de Buenos Aires, ya que “la hora oficial” de aquellos tiempos era la que marcaban los relojes en las torres del Cabildo, primero, y de la iglesia de San Ignacio, luego (la falta de ajustes podía hacer que el horario se retrasara hasta 16 minutos).Registró un eclipse de sol en 1833 y uno de luna en 1834. También dio cuenta del paso de Mercurio delante del sol (el 5 de mayo de 1832), para envidia de sus colegas en Europa, quienes tuvieron una jornada con nubes y se lo perdieron.


Además, publicó algunas notas científicas en la Gaceta Mercantil y en el periódico El Lucero. Era muy bien considerado en los ámbitos educativos y culturales. Consciente de la importancia de los registros, llevó dos copias de anotaciones meteorológicas. Cuando resolvió abandonar Buenos Aires en 1835, preocupado por la efervescencia política, dejó los dos cuadernos con esa valiosa información periódica. Gracias a él sabemos la temperatura, la presión atmosférica y las lluvias que tuvimos en siete años. Mejor dicho, lo sabríamos si no se hubieran perdido los dos cuadernos que el extravagante científico e incansable observador nos legó.

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